Anotación breve a la Tragedia de Numancia, de Miguel de Cervantes Saavedra

Por Camilo Noguera Pardo

Los estudios críticos de la obra de Cervantes son abundantes y dispersos . Autoridades geniales de las letras hispanoamericanas y españolas han hecho hermenéuticas sumas y estudios exhaustivos. Con Tragedia de Numancia pasa lo mismo. Existe una copiosísima bibliografía académica que indaga temas y fuentes del drama cervantino y que cava en sus renglones principales y secundarios con experticia; críticas literarias que abordan asuntos tales como la gesta, la métrica, la recepción, el metateatro, la estructura (tiempos, tipos de narrador, caracteres, etc.) y asuntos otros de teoría literaria y literatura comparada. Por ende, suele surgir la pregunta de si un estudio (otro más) acerca de cualquier obra de Cervantes aporta algo significativo a la crítica literaria sobre sus obras. En suma, ¿qué puede ver el ojo profano que no vieran ya los ojos de tantos y tan eruditos conocedores de Cervantes? Seguro algo ligero y básico, pero algo, sin duda. Pues bien, aquí apuesto por ese algo y me decanto por una modestísima anotación breve de poética dramática al texto Tragedia de Numancia. Para mi anotación utilizo elementos de las preceptivas de la Poética de Aristóteles, de las Artes poéticas de Horacio y de la Semiología de la obra dramática de Bobes, primero, y escojo algunos pasajes de hondo contenido moral que realcen el interés ético de Cervantes, segundo.

Saber elegir: Reflexiones sobre la inteligencia y la técnica en Ortega y Gasset

Por Sergio Alejandro Rodríguez Jerez

En el epílogo escrito por Ortega y Gasset a la obra Historia de la Filosofía de Julián Marías, encontramos una de las más bellas definiciones que se le puede otorgar a la inteligencia: inteligencia es elegancia. Utilizando el recurso etimológico, Ortega y Gasset reflexiona en torno a la acción de ser inteligente, acción que conlleva el conocimiento de saber elegir, es decir, de ser elegante. La elegancia, en este sentido, se convierte en esa disposición constante del hombre a tomar la apropiada elección en este mundo que nos arroja a un infinito mar de posibilidades.

En la contemporaneidad, dada la hiperconectividad y la saturación de la información, estas posibilidades parecen, si me permiten la expresión, ser aún más infinitas en teoría, pero totalmente delimitadas en la práctica. Con lo anterior quiero decir que, pese a las múltiples opciones que nos da la posibilidad de tener a la mano un sin número de datos, los medios se encargan de determinar y delimitar las posibilidades de este infinito, medios que han surgido de una impronta humana: la técnica.

Cultura colombiana y educación.
Por una visión integral de la cultura colombiana: del Reino a la República

Por Francisco Flórez Vargas

Dos anécdotas

Iniciaba la clase que dictaba, hace años, sobre cultura colombina y pregunté a los alumnos qué entendían por ello. Un estudiante me respondió en estos términos: «la cultura colombiana dejó de existir cuando los españoles la arrasaron a sangre y fuego, quedan algunas artesanías y danzas, pero en general, la cultura colombiana ya no existe». Pocos días después, en la despedida de un amigo que estudiaba en Estados Unidos, alguna de sus condiscípulas –colombiana que estudia en Boston– contaba entre indignada y profundamente sorprendida lo siguiente: durante la última Semana Santa visitó un pueblo remoto en Boyacá y verificó en la tarde del viernes Santo cómo hombres encapuchados sostenían la estatua de una Virgen, llevada en procesión hasta la plaza principal. La candidata a un doctorado se rasgaba las vestiduras al evidenciar –según su criterio– hasta dónde se había perdido la cultura colombiana, aun en los lugares rurales más apartados, en donde lo natural sería ver a la población local adorando al Sol y a la Luna.

 

Por la llanura de Esparta

Por Óscar Godoy Barbosa

Esparta fue un rotundo fiasco. La gran ciudad guerrera del Peloponeso, con su nombre evocador de héroes y batallas, se presentó ante nuestros ojos como una aglomeración de calles, casas y edificios, con poco pasado para contar. De pie junto al autobús que nos había traído, tras día y medio de ruta desde el santuario de Delfos, no acabábamos de creer el contraste entre la imagen que nos habíamos formado y aquella realidad ruidosa y desgastada. ―La culpa es nuestra –le dije a Vanessa–. Nos dejamos ganar por el nombre. –No hables por mí– fue lo que respondió, con un gesto enfurruñado que empezaba a inquietarme.

No eran tiempos de internet. Todavía se viajaba con una guía de rutero, algún talento para hablar con la gente, buenas dosis de olfato y una abierta propensión a la aventura. Ni en los sueños más sublimes imaginamos que algún día los viajeros dispondrían de completas guías virtuales, mapas personalizados y monitoreos por google earth que eliminan de tajo el azar, la posibilidad de la sorpresa.

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