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Las dehesas, los ejidos y los montes

Por Luis Javier Moreno Ortiz

En un estudio anterior, publicado en el número inaugural de esta revista, al referirme a la impronta democrática hispánica, tuve la oportunidad de dar cuenta de la institución del concejo abierto castellano y de su desarrollo en América, el cabildo abierto. Esta institución está ligada, de manera estrecha a la ciudad. En esta oportunidad, considero necesario explorar otra faceta importante, en lo político y en lo jurídico, de las ciudades, tanto en Castilla como en América, como lo fue su régimen de tierras de uso común.

 

La condición de súbditos, que es propia de las monarquías, útil y adecuada para comprender los vínculos a ambos lados del Atlántico, no es la única relevante en nuestro pasado común. Está, además, la condición de vecino de una ciudad, es una impronta definitoria, acaso más marcada que la anterior, porque es en la ciudad en donde se nace, se vive, se sufre, se ama y se muere. Hasta hace poco tiempo, muy pocas personas lograban trasladarse de su ciudad natal o de sus inmediaciones a otros lugares, pues las distancias, los costos, los caminos, los vehículos, lo hacían difícil y, en realidad, no se consideraba algo necesario. La aldea, la comarca, el solar, eran la divisa que marcaba la existencia, con efímeras excepciones. El salir de casa era una aventura o una peregrinación.

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